Desde niño, Archibaldo de la Cruz ensaya sus crímenes. Ya adulto, se confiesa culpable de la muerte de varias mujeres, pero su imaginación no tiene el poder de convertirlo en asesino
domingo, agosto 28, 2005
Una costumbre dominical
En Israel, la semana laboral empieza el domingo y termina el jueves. El viernes por la tarde, con las tres primeras estrellas en el cielo, comienza el Shabbat, fiesta judía y día de reposo que concluirá 24 horas más tarde, el sábado por la noche.
Los domingos por la mañana Misha parte hacia su oficina todavía más entusiasmado que de costumbre, a reencontrarse con las matemáticas olvidadas el fin de semana.
Yo, desempleada por el momento, aprovecho que tengo tiempo y cumplo mi ritual dominguero, más exhaustivo sin duda que el resto de la semana. Acompañada de un pedazo de sandía cortada en cuadritos, leo de cabo a rabo tres periódicos ecuatorianos: HOY, El Comercio y El Universo, en ese orden.
Del HOY, aparte de que mi corazón está con él luego de dos años en su redacción, me gusta la opinión y el enfoque de la actualidad. En El Comercio prefiero las noticias internacionales, creo que manejan bien el género de la entrevista y siempre visito la sección 'Ecuatorianos en el mundo', pues me alegra saber los logros de los emigrantes y me divierte mucho ver las fotos que se publican en la versión on-line, con saludos de nuestros compatriotas desde Suiza, Canadá, España y hasta Kazajstán. ¡Ya hasta he pensado en mandar la mía! (Es una broma...)
El Universo me gusta cada vez más. Creo que es el diario con más sabor. Busco primero a 'El Gran Guayaquil', así con ese titular aunque suene regionalista, como si aún fueran las épocas del gran cacao. Me gusta enterarme de lo que pasa en el puerto, me siento en la costa y me hace bien. Muchas notas de El Universo podrían ser semilla para documentales. Al menos la lectura del diario era un ejercicio constante en la universidad, porque no hay crisis de creatividad que se le resista y de las Ultimas Noticias de Alsacia salieron los filmes de varios ex-compañeros.
¿Alguien leyó la nota de la 'Paisas' de las peluquerías afro? ¿Tal vez llegó a sus manos la crónica de la visita íntima en la prisión? Dos bellísimos documentales en potencia. Creo que en El Universo hay historias.
Pero ¿por qué escribo sobre periódicos esta mañana? Lo que pasa es que al leer la HOY Domingo, me enteré de un concurso que prepara la revista y que consiste en adivinar el género del primogénito de los Príncipes de Asturias, Felipe y Letizia. ¿Será Pelayo o Covadonga nos preguntaban a los lectores? Si quieren mi opinión, primeramente, me parecen horribles los nombres que han elegido los príncipes, al menos el del niño. Sí, será el rey, pero no del siglo XIV.
Y luego, con lo que no concuerdo, es que el HOY (a lo mejor la encuesta cabría en la Hogar o en la Cosas) le de tanta bola a una monarquía que en cambio no le para mayor zona a los miles de ecuatorianos que viven en España. ¡Qué churos si es niño o niña! La "mujer con espíritu de hoy" debería opinar más bien sobre los cambios que le urgen a la constitución ecuatoriana. Si se cambia la española y la niña puede ser reina, bien por ella, pero en realidad ¿eso nos importa?
Vaya concurso... me parece. Si al menos el premio fuera un viaje a Madrid. Por eso escribí al buzón de lectores de mi querido periódico. Con tantas cartas que reciben a lo mejor no publican la mía, entonces me la publico yo misma, que para algo tengo mi blog.
Aquí va la carta en cuestión (la post-data la he añadido para ustedes, los lectores de esta bitácora)
En España, las revistas del corazón, los paparazos y los programas de 'cotilleo' abundan. En Ecuador, la alcurnia es casi inexistente, no tenemos un poder del que sentirnos orgullosos y los famosos del mundo del espectáculo a lo mucho protagonizaron una telenovela producida por algún canal local. Así, lo máximo que nos llega es el segmento de chismes de El Universo o de la Expresiones, además de los esfuerzos enormes de Marián y Mariela por construir una élite de celebridades faranduleras que en realidad pasan desapercibidas o que inclusive dan vergüenza ajena como el elenco de A todo dar o Las primas, de TC.
No somos una sociedad que gira en torno a la Hola o a Corazón, corazón y tampoco dependemos de los reyes de España en nuestra vida diaria, no sea para un acuerdo de Cooperación Internacional, que tampoco creo que pasa muy a menudo.
Que el diario español 20 Minutos publique una encuesta sobre si el hijo de los príncipes de Asturias será niño o niña o si lo llamarán Pelayo o Covadonga, lo comprendo perfectamente, que al fin y al cabo será su monarca. Pero que el Diario HOY haga lo mismo me parece entre ridículo, arribista y provinciano. ¿Acaso no hay preguntas más sensatas que hacer a los ecuatorianos? ¿No se podría hacer un concurso con algo más de sabor local? ¿o ya que la democracia no ha funcionado en 25 años mejor le guiñamos el ojo a la Monarquía?
Pelayo, Juan, Covadonga o María. Personalmente me da igual.
PD: A lo mejor el Extra podría acoplar el concurso y preguntar si será niño o niña el hijo de Gabriela Pazmiño y Dalo Bucarám. "¿Elsita o Jacobito? Participe ¡ya!" De lo que se entera uno leyendo el periódico...
miércoles, agosto 24, 2005
Lena

10 de Julio de 2005. Catorce horas de ruta separan a Shushinskoe de Krasnoyarsk. Es un trayecto muy largo que sin embargo es minúsculo en la infinidad Siberiana. La imagen de la Patagonia no se va de mi cabeza, pues aunque no la conozco, esta eterna planicie me obliga a imaginarla. Es seguramente un defecto, mi enferma necesidad de adelantarme al presente o de refugiarme en el pasado ¿Por qué no alegrarme de que hoy estoy en Siberia y disfrutarla porque sí, sin comparaciones?
Nunca antes he visto una gama de verdes tan perfecta. Verdes frescos, estivales, húmedos, clorofílicos. La vida se escapa de tanto verde, un verde condenado a la muerte que se le acerca. En Siberia el verano puede ser intenso, pero es corto en todo caso. Dentro de meses todo será un universo blanco y solo en este recuerdo que no se ha ido de mi mente quedará la imagen de un verdor tan perfecto.
Luego de una excursión de varios días, mis primeras noches en una tienda de campaña, el festival internacional del folclor de Siberia, shashlik marinado, mosquitos atacándonos en la taiga de Khakasia, a casi 40 grados, es tiempo de volver.
Igor tendrá unos 50 años; su hija Lena, 23. Son nuestros compañeros de viaje, expertos en armar y desarmar una carpa, prender el fuego y cocinar unas papas en las cenizas (aunque esta es más bien la especialidad de Misha), hervir el agua para beber el té por la mañana y la noche en una olla negra de hollín que se calienta en nuestra fogata. Leen sin problema los mapas de las carreteras, son capaces de encontrar hasta el punto más remoto entre tantas líneas. Son la pareja perfecta en su Nissan 4x4 de volante a la derecha.
Entre siestas esporádicas, sueños cortados por un sacudón en la carretera, conversaciones en ruso de las que no participo, mientras Misha ve por la ventana (aunque su mirada está perdida) envuelto él también en una serie de recuerdos de los que no formo parte, recuerdo una historia bellísima, que me la contaron esta mañana.
Para refrescarnos un poco, habíamos parado en el Mar de Krasnoyarsk, así se lo llama aunque es en realidad un lago artificial creado por consecuencia de la represa hidroeléctrica. Sentadas en una roca, al terminar nuestro improvisado almuerzo, Lena me pregunta, de pronto, por qué decidí hacer un documental sobre mi abuelo, precisamente.
Días atrás habíamos hablado sobre nuestros estudios, nuestras carreras, quién sabe más bien por cortesía demostramos interés la una por la otra, pero la conversación no fue más allá. Quizás por eso no me esperaba tal pregunta, al menos no en ese momento. Tras un pequeño silencio, en el que vuelve a mí la imagen añorada de mi querido Papillito, enciendo un cigarrillo y aspiro una larga calada, preparándome para el que tenía que ser un momento solemne.
Le hablo entonces de la generosidad de mi abuelo, de sus hazañas de juventud, de su lucha constante, de mis recuerdos de infancia. Lena sonríe, me mira profundamente y descubro que sus ojos son verdes, como lo es todo este día, y me doy cuenta por fin de que es una mujer hermosa y enormemente sensible.
Con su inglés limitado, con ese acento tan ruso, con pausas en las que le pregunta a Misha cómo se dice una palabra en inglés, o le pide que me traduzca algo que no logra decirme, añadiéndole así algo de suspenso y tornándola sin duda más interesante, Lena me cuenta su historia.
Tenía unos 15 años, todavía estaba en el colegio. Un grupo de alumnos había sido seleccionado para realizar una visita a Moscú. Al cabo de una semana de viaje en tren, finalmente verían con sus propios ojos lo que siempre estudiaron: la Plaza Roja, el Kremlin, el mausoleo de Lenin, las calles de Tolstoi y Dostoievski, la catedral de San Basilio, el Bolshoi... Pero en este viaje, Lena tenía algo más importante que ver.
Cuando era todavía una niña, su abuelo le había regalado unas cartillas con célebres pinturas que estaban expuestas en el Museo Pushkin. Quince años atrás, Lena veía a sus abuelos a menudo, o al menos cada verano. No era difícil para su familia volar unas cuantas horas con destino a la pequeña ciudad de la Rusia central donde sus abuelos vivían, o para estos visitar a sus nietos en la ciudad siberiana. Pero con el tiempo, la salud de los abuelos se fue deteriorando y la economía familiar se tornó más difícil, influida seguramente por el final de la era soviética, pues como Lena nos cuenta, el precio de los billetes de avión se disparó en ese momento. El tiempo tampoco permitía viajes de semanas en tren y así el contacto se fue difuminando y la relación se convirtió en cartas, en llamadas esporádicas y en el recuerdo de un abuelo que coleccionaba las cartillas del Pushkin.
Durante todos los días del viaje, en el transiberiano, Lena miró esas cartillas impaciente por encontrar al fin a los originales en su verdadera magnitud. Y llegó el momento, la mañana antes de tomar el tren nocturno y regresar a Siberia. Entonces Lena descubrió que la vida da señales. Les dijo a sus amigas que volvería, que tomaría el tren de regreso con el grupo y que no se preocuparan por ella.
Tres horas de tren la llevarían a casa de sus abuelos, más tres horas de regreso: tenía tiempo. Entonces Lena fue a la estación. Para su sorpresa, había dos ciudades con el mismo nombre, dos estaciones acaso, diferenciadas por un número o las letras A o B al final, no lo recuerdo bien.
En fin, guiada por su instinto, Lena compró un billete de ida y vuelta y su instinto la acompañó bien, pues tan solo al bajar reconoció la placita del pueblo de sus abuelos. Solamente en ese momento recordó que era fin de semana. Sus abuelos, como muchísima gente en Rusia, reservaban el fin de semana para ir a la dacha, una pequeña cabaña de madera con un huerto en el que cultivan fresas, mortiños y una gran variedad de frutos del bosque que seguramente no tienen un nombre en español.
Desanimada, tomó el bus no muy segura tampoco de que sería la línea adecuada, pues no recordaba el nombre de la calle, apenas el camino que solía tomar con sus abuelos hace ya tanto tiempo. Pero sí, fue la correcta, y esforzando la memoria llegó al hogar de sus abuelos. Las luces estaban apagadas, no había rastro de gente en casa. Lena tocó la puerta, tocó y tocó. Su abuelo la abrió aunque le tomó un momento. Apenas había vuelto de la dacha, tenía una corazonada. La abuela volvería después.
Por mi propia experiencia conozco la alegría de reencontrarme con mi abuelo. Y por las lágrimas de él, que no es un hombre que llore a menudo, sé que su dicha es quién sabe aún mayor. Por eso no me cuesta imaginar el encuentro de Lena con su abuelo, el abrazo tan sentido y las lágrimas tímidas en el rostro de los dos.
Lena apenas tuvo tiempo de hablar con su abuelo, de preguntarle cómo estaba, de describirle los cuadros que había visto esa mañana, de contarle de su viaje, quién sabe pocos minutos para tomar un té.
Era ya la tarde y su tren la esperaba en Moscú. Lena se despidió del abuelo y él, todavía sin asimilar esa visita inesperada, le dijo: "¿Cómo sabré al despertarme que verte no fue un sueño?" "Toma esta cartilla", le respondió ella "y mañana cuando la mires sabrás que fue verdad".
Esa fue la última vez que Lena vio a su abuelo.
viernes, agosto 12, 2005
Un divorcio doloroso
JERUSALEN.- Faltan tres días para la retirada de los colonos judíos de Gaza y es por su oposición a esta evacuación que Binyamin ‘Bibi’ Netanyahu ha dimitido de su cargo de Ministro de Finanzas del Gobierno israelí, llamando la atención de la opinión pública que no para de hablar de él.
El viernes de la semana pasada el periódico The Jerusalem Post publicaba una extensa entrevista al hasta ese entonces Secretario de Estado, impulsor de la economía neoliberal en Israel y el Primer Ministro más joven que ha tenido este estado. “¿Por qué Bibi está todavía en el Gobierno?”, rezaba el titular, pues claro, hasta ese momento Bibi era presa de críticas a diestra y siniestra. La derecha, opuesta al plan de de desconexión, no entendía por qué a pesar de su posición contraria a la evacuación seguía en el gabinete de Sharon y por la otra parte el gobierno, que se mostraba visiblemente molesto porque Netanyahu estaba impulsando la oposición puertas adentro, sin contar los reclamos del Parlamento (Knesset) y de varios sectores de la prensa, que lo acusaban de sabotaje contra el plan de evacuación.
Por lo menos ahora la primera parte esta contenta, pues como publica el diario Haaretz, según una encuesta realizada Netanyahu obtendría el 47% de los votos en comparación con el 33,2% que irían para Sharon si se celebraran comicios en el quebrantado Likud (la derecha nacionalista laica). De ser así, podría ser el próximo candidato a primer ministro en las elecciones de 2006.
Si bien es cierto no todas las afirmaciones de Netanyahu en cuanto a una posible escalada de terror posterior al desalojo son descabelladas, fastidia la lógica de película de Oeste (con vaqueros buenos e indios malos) de la mayoría de sus respuestas. Bibi no le otorga ni el más mínimo beneficio de la duda a su contraparte palestina, deja ver que para él, bajo las condiciones actuales, un Estado Palestino no sería más que un islote de terrorismo en el medio de Israel y sostiene, entre otras cosas, que “la retirada está teniendo lugar bajo presión terrorista. Sea o no que el terrorismo haya llevado a la decisión del desalojo, el hecho es que los palestinos creen que el terrorismo es lo que ha hecho que decidamos retirarnos. Los líderes de Hamas y la Jihad Islámica han dicho claramente que desde su perspectiva esto es una derrota y no una opción”.
En todo caso, y pesar del ex-ministro, el 15 de agosto arranca la primera fase del plan de desconexión que en su totalidad prevé el desmantelamiento de los 21 asentamientos judíos de Gaza y de otros cuatro al norte de Cisjordania.
Mientras tanto, en Jerusalén, basta sentarse en un café o caminar por cualquier calle medianamente transitada, para comprobar que la moda naranja delata las consciencias de su gente, un pueblo conservador, al final de cuentas. Es que naranja (como la fruta nacional israelí) es el color de la bandera de lucha de los colonos y de los miles de simpatizantes que han colgado anchas cintas anaranjadas en sus automóviles, en sus casas y en sus bolsos. Por su parte, el número de cintas azules que se ve en la ciudad (el color de respaldo al Gobierno y al plan de desconexión) es notablemente inferior.
El otro día, al salir de casa, se cruzó por nuestro camino un joven de unos 15 años, con el pelo enredado, visiblemente agotado, cargando una mochila que le quedaba muy grande y con una mezcla de cintas azules y naranjas colgando de su indumentaria. Y aunque luego sentí que fue algo cruel, a su momento no pude evitar reírme.
¿Una contradicción ambulante? ¿el rostro de la tolerancia? o simplemente uno más de tantos jóvenes israelíes que se debate entre la ideología del servicio militar, el discurso de las raíces, el legado bíblico de la tierra prometida, la apatía, todos los asuntos que atañen a su edad y por supuesto la moda, que nunca incomoda. Es que, cabe recalcar, en esta ola de protestas y manifestaciones de apoyo a los colonos, los niños y adolescentes se han tomado el asunto muy en serio, y aunque es importante que las nuevas generaciones militen por sus ideas, también resulta escalofriante constatar que una gran proporción de la infancia y adolescencia, tanto palestina como hebrea, crece bajo un constante lavado cerebral que niega una propia interpretación de los hechos y exacerba el extremismo ideológico y religioso.
En fin, todavía es muy pronto para saber si Bibi estaba en lo cierto, pero como anotó el célebre escritor e intelectual israelí Amos Oz en el diario español El País hace ya varios años, “no esperemos una luna de miel repentina entre enemigos a muerte. Esperemos y alentemos un divorcio doloroso y el reparto del pequeño hogar en dos apartamentos todavía más pequeños. Ha llegado la hora.”
* Una versión reducida de este artículo fue publicada en la sección de opinión de Diario HOY, el 13 de agosto de 2005
Suscribirse a:
Entradas (Atom)