miércoles, octubre 31, 2007

"La mujer de la ventana"

Y no, no, no... Fima no ha sido la última novela de Amoz Oz. Nada que ver. Es que en España le hacían tanta publicidad pero ha sido porque porque recién se la tradujo al español y Siruela la publicó. Así que me equivoqué. Resulta que ha sido del 93.
¡Igual la quiero leer!

Aquí copio el discurso que Oz dio en la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Me gusta y creo que con los documentales también funciona así.

Ahí va:

"Si adquieres un billete y viajas a otro país, es posible que veas las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y los enclaves históricos. Si te sonríe la fortuna, quizá tengas la oportunidad de conversar con algunos habitantes del lugar. Luego volverás a casa cargado con un montón de fotografías y de postales.

Pero, si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de otro país y de otro pueblo. La lectura de una novela es una invitación a visitar las casas de otras personas y a conocer sus estancias más íntimas.

Si no eres más que un turista, quizá tengas ocasión de detenerte en una calle, observar una vieja casa del barrio antiguo de la ciudad y ver a una mujer asomada a la ventana. Luego te darás la vuelta y seguirás tu camino.

Pero como lector no sólo observas a la mujer que mira por la ventana, sino que estás con ella, dentro de su habitación, e incluso dentro de su cabeza.

Cuando lees una novela de otro país, se te invita a pasar al salón de otras personas, al cuarto de los niños, al despacho, e incluso al dormitorio. Se te invita a entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños.

Y por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos. Creo que la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral. Creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo. La capacidad de imaginar al prójimo no sólo te convierte en un hombre de negocios más exitoso y en un mejor amante, sino también en una persona más humana.

Parte de la tragedia árabe-judía es la incapacidad de muchos de nosotros, judíos y árabes, de imaginarnos unos a otros. De imaginar realmente los amores, los miedos terribles, la ira, los instintos. Demasiada hostilidad impera entre nosotros y demasiada poca curiosidad.

Los judíos y los árabes tienen algo en común: ambos han sufrido en el pasado bajo la pesada y violenta mano de Europa. Los árabes han sido víctimas del imperialismo, del colonialismo, de la explotación y la humillación. Los judíos han sido víctimas de persecuciones, discriminación, expulsión y, al final, el asesinato de un tercio del pueblo judío.

Cabría suponer que dos víctimas, y sobre todo dos víctimas de un mismo perseguidor, desarrollarían cierta solidaridad entre ellas. Desgraciadamente las cosas no son así, ni en las novelas ni en la vida real. Por el contrario, algunos de los conflictos más terribles son aquellos que se producen entre dos víctimas de un mismo perseguidor. Los dos hijos de un progenitor violento no tienen por qué amarse necesariamente. Con frecuencia ven reflejada el uno en el otro la imagen del cruel progenitor.

Exactamente así es la situación entre judíos y árabes en Oriente Medio: mientras los árabes ven en los israelíes a los nuevos cruzados, la nueva reencarnación de la Europa colonialista, muchos israelíes ven en los árabes la nueva personificación de nuestros perseguidores del pasado: los responsables de los pogroms y los nazis.

Esta realidad impone a Europa una especial responsabilidad en la solución del conflicto árabe-israelí: en lugar de alzar un dedo acusador hacia una u otra de las partes, los europeos deberían mostrar afecto y comprensión y prestar ayuda a ambas partes. Ustedes no tienen por qué seguir eligiendo entre ser pro-israelíes o pro-palestinos. Deben estar a favor de la paz.

La mujer de la ventana puede ser una mujer palestina de Nablus y puede ser una mujer israelí de Tel Aviv. Si desean ayudar a que haya paz entre las dos mujeres de las dos ventanas, les conviene leer más acerca de ellas. Lean novelas, queridos amigos, aprenderán mucho.

Las cosas irían mejor si también cada una de esas dos mujeres leyese acerca de la otra, para saber, al menos, qué hace que la mujer de la otra ventana tenga miedo o esté furiosa, y qué le infunde esperanza.

No he venido esta tarde a decirles que leer libros vaya a cambiar el mundo. Lo que he sugerido es que creo que leer libros es uno de los mejores modos de comprender que, en definitiva, todas las mujeres de todas las ventanas necesitan urgentemente la paz.

Quiero agradecer a los miembros del jurado del premio Príncipe de Asturias que me hayan otorgado este maravilloso Premio. Muchas gracias y mis mejores deseos a todos ustedes. Shalom u-brajá."

jueves, octubre 25, 2007

Si me quieren regalar algo...

...la de Feltrinelli es en italiano y la otra en inglés. A mí la que me gustaría es la edición en español de Siruela, con traducción de Raquel García Lozano, si es que ella la ha hecho.

Fima es la nueva novela de Oz y tan solo leer la contraportada sé que me encantará.

Mientras mañana allá se preparen para ir a Guayaquil, yo estaré viendo la transmisión de la entrega de los premios Príncipe de Asturias. Amos Oz ya está en Oviedo.

No puedo creer que me perderé el concierto de Soda.


lunes, octubre 22, 2007

25 años de imágenes intermitentes

*Escribí este artículo en junio, para un libro que estaba por publicarse con motivo de los 25 años del diario HOY. Ahora ya está en circulación y el Ministerio sí cumplió su promesa. Justamente hoy cierra el plazo de las primeras convocatorias del CNC.

En 1982, el director argentino Jorge Prelorán -rodeado de un equipo técnico ecuatoriano- contaba en Mi tía Nora una historia en femenino. La co-producción relata la historia de Beatriz y su tía Nora, “dos mujeres cuyas vidas se ven mutiladas por el conservadurismo de una sociedad moralista y autoritaria”, como sostienen Wilma Granda y Christian León en los Cuadernos de la Cinemateca.

En 2007, Anahí Honeisen y Daniel Andrade cuentan en el último largometraje ecuatoriano de ficción que ha pasado por las carteleras del país, una historia también de mujeres. Se trata de Esas no son penas, un filme personal y delicado, que narra un instante en la vida de cinco mujeres de clase media que atraviesan la treintena y cuyas vidas, sin haber llegado a la mutilación, están paralizadas por la apatía, las circunstancias y el desamor.Veinticinco años han transcurrido entre estas dos producciones y, si miramos con optimismo, ahora parece ser el mejor momento para hablar de un cine ecuatoriano. Finalmente el Estado ha reconocido la importancia del audiovisual y si el Ministerio de Economía cumple su palabra, el Consejo Nacional de Cine debería contar con fondos operativos y para el incentivo a la producción dentro de poco. ¡Con un Ministro realizador de videos es lo menos que se podría esperar!
Pero volviendo al recuento, a Mi tía Nora le siguió La Tigra (1989), al que considero el mejor filme del más prolífico realizador ecuatoriano, Camilo Luzuriaga. La película se basa en el cuento de José de la Cuadra y cuenta la historia de Francisca Miranda, la ‘tigra’, la sensual matriarca de un poblado montubio.Luzuriaga volvió a la realización en 1996 con Entre Marx y una mujer desnuda, ahora una adaptación de la novela de Jorge Enrique Adoum. Le siguieron Cara o Cruz (2003) y 1809-1810 Mientras llega el día (2004).Pasaron dos años después de La Tigra hasta el estreno de otra película nacional. Fue el turno de los hermanos Viviana y Juan Esteban Cordero, quienes en 1991 presentaron Sensaciones.Luego de Entre Marx… y una co-producción sin mayor trascendencia, Sueños en la mitad del mundo (Carlos Naranjo, 1999), llegó Ratas, ratones y rateros (Sebastián Cordero, 1999). Estrenada en el Festival de Venecia, es la película que marcó un antes y un después en la historia de nuestro cine. Con ella se inauguró una corriente temática de violencia urbana e historias callejeras, pero sobre todo una nueva forma de hacer cine en nuestro país. Como apunta Jorge Luis Serrano, actual director del CNC, en su ensayo El nacimiento de una noción: “… (Ratas…) irrumpió con energía entre nosotros como una vital bocanada de lucidez en medio del deteriorado y casi irrespirable ambiente que ha caracterizado al Ecuador de los últimos tiempos, sorprendiendo no sólo por su contenido y desenfado, sino por el diseño mismo de la producción que manejó, inteligentemente, su bajo presupuesto”.Le sucedieron, en ficción y entre otros, propuestas tan disímiles como Alegría de una vez (Mateo Herrera, 2001), Maldita sea (Adolfo Macías, 2001), Fuera de juego (Víctor Arregui, 2002), Un titán en el ring (Viviana Cordero, 2003), Tiempo de ilusiones (Germán Aguilar y Margarita Reyes, 2003), Jaque (Herrera, 2003), Cómo voy a olvidarte (Bernardo Cañizares, 2004) hasta llegar a Crónicas (Cordero, 2004), co-producción entre Ecuador y México con la que Cordero nuevamente vuelve a marcar un punto de giro en el cine ecuatoriano. Sin embargo, detengámonos primero en la película de Arregui.Fuera de juego (ganadora del Premio Cine en Construcción, en el Festival de Cine de San Sebastián) en su interesante juego entre la ficción y el documental retrata con desencanto uno de los momentos históricos más angustiantes de nuestros tiempos: días de crisis bancarias, migración y desesperanza.Meses antes de que Arregui llegase premiado desde España, en abril de 2002, ocurría la primera edición del Festival Internacional de Cine Documental Encuentros del Otro Cine (EDOC) al que le seguirían el Festival de Cine de Cuenca que ya no existe más, el Cero Latitud y algunas otras muestras.Durante sus seis ediciones en Quito, Guayaquil y Cuenca -cuando ha sido posible-, los EDOC se han convertido en el principal espacio de difusión de cine de lo real en Ecuador y han desencadenado un renacer de la producción documental.
En la primera edición, además de documentales de medio y cortometraje, se estrenaron tres largos ecuatorianos: El lugar donde se juntan los polos (Juan Martín Cueva, 2001), De cuando la muerte nos visitó (Yanara Guayasamín, 2002) y Problemas personales (Manolo Sarmiento y Lisandra Rivera, 2002).El lugar donde se juntan los polos es un filme muy reflexivo e intimista que por su aproximación estilística y narrativa también podría considerarse un referente en la cinematografía ecuatoriana. Bajo la forma de una carta filmada dirigida a sus hijos, el realizador cuenta de forma elíptica la historia de su familia y la de su compañera, una historia desperdigada entre América Latina y Francia y cargada de connotaciones políticas.En Problemas personales los realizadores acompañan en clave de cine directo a tres inmigrantes ecuatorianos en España, mientras que en De cuando la muerte nos visitó, Guayasamín propone un filme con varios niveles narrativos en el que por medio del relato de los oficios que circundan a la muerte en la península de Santa Elena, plantea una interesante reflexión sobre los ciclos de la vida.
Otros documentales que cabe citar son Augusto San Miguel ha muerto ayer (Xavier Izquierdo, 2003), Ecuador vs. el resto del mundo (Pablo Mogrovejo, 2004), Democracia 25 (Andrés Barriga, 2005), Tu sangre (Julián Larrea, 2005) y El Comité (Herrera, 2006).Grabado en el ex penal García Moreno, el filme de Herrera es una obra muy significativa dentro del cine nacional, pues a pesar de ciertas carencias narrativas expone con pertinencia las durísimas condiciones a las que se somete la población carcelaria en Ecuador. En el mismo género, le siguen Cuba el valor de una utopía (Guayasamín, 2006), Taromenani, el exterminio de los pueblos ocultos (Carlos A. Vera, 2007), ¡Mete gol gana! (Felipe Terán, 2007) y ¡Alfaro Vive Carajo!: del sueño al caos (Isabel Dávalos, 2007).En este último, la realizadora entrevista a varios de los ex integrantes de AVC y desde una perspectiva personal y fresca despierta la memoria colectiva de nuestro país al sacar a la luz un momento histórico de represión y tortura del que poco se había hablado.
A Dávalos, quien debuta en la realización, le debemos la producción de varios filmes nacionales entre ellos Crónicas, la más internacional de las películas ecuatorianas, que contó con la participación de reconocidos actores como John Leguizamo y Damián Alcázar. Crónicas se estrenó en el Festival de Cannes y obtuvo el premio a la mejor película en el Festival de Guadalajara.Otra de aquellas películas determinantes en la historia de nuestro cine es Qué tan lejos (Tania Hermida, 2006). El filme cautivó al público y logró el objetivo de su realizadora, que a través de él podamos mirarnos a nosotros mismos. Se trata de un road movie en el que dos jóvenes, la ecuatoriana ‘Tristeza’ y la española Esperanza, viajan por un Ecuador que ha quedado inmóvil como consecuencia de nuestros consuetudinarios paros, la una para impedir una boda, la otra para conocer al Ecuador. Qué tan lejos ha sido un éxito absoluto de taquilla con casi 210 mil espectadores en las principales ciudades del país. Fue premiada en La Habana, Montreal, Quito y sigue recorriendo festivales del mundo entero.
Le siguen la ya citada Esas no son penas y Cuando me toque a mí (Arregui, 2007), adaptación de la novela de Alfredo Noriega que se estrenará en breve y que en su paso por el Festival de Biarritz se llevó el premio a la mejor interpretación masculina, a cargo de Manuel Calisto.
A este breve recorrido por el cine ecuatoriano, una historia inestable con esporádicos destellos, se suma una heterogénea producción de cortometrajes, género que requiere un menor esfuerzo económico y que por lo tanto ha permitido mantener a los realizadores activos.
Mientras tanto, varios cineastas desarrollan sus proyectos. Uno que provoca especial ilusión es Prometeo deportado, del guayaquileño Fernando Mieles, que si todo sale como previsto comenzará a rodarse a fines de este año.