lunes, mayo 06, 2019

A mi abuelo


Hace 15 años le pedí, Papillito, que me cuente sus memorias para un documental sobre su vida. Usted me devolvió, puntual como siempre, dos cintas de audio que guardo como mi mayor tesoro.

Empezó por su primer recuerdo: a los seis años, un castigo corporal por haber fallado a un mandado de su papá, como consecuencia al terror que le provocó un perro grande en el camino. En dos horas, a través de su voz, viajé por su vida, la cual, al menos en la fase inicial, estuvo marcada por penurias, hambre, el sacrificio de su madre y el abandono de su padre.

Algo que me ha costado siempre entender —aunque sea la paradoja más bella y el fundamento de mi propia historia—, es cómo usted, Papillito, que creció con tantas carencias, supo convertir el abandono en amor; la ausencia en protección; la dificultad en prosperidad; el descuido en rectitud; cómo una persona a la que la vida le falló tantas veces nunca se quedó sin cumplir una promesa.

Mi abuelo, mi héroe, el rey de la carretera. Podría olvidarme de todo menos de la sensación al cruzar en su camioneta las montañas de la provincia de Chimborazo, sentada en la falda de mi Rosita, oyendo a José Larralde, amada y mimada como todo niño merece. Han pasado más de treinta años y no se va de mi boca el sabor del ceviche de pescado de Chipipe, que nos íbamos a comer en secreto usted y yo, en el quiosquito de Tropical. Era el sabor de sentir que yo era especial para usted.

Ya de adulta, vivimos por algunos años en el mismo edificio. Qué falta me hacen esos finales de la tarde cuando subía a verles a usted y a la Ro y les contaba mis planes, mis frustraciones, mis dudas. A veces también hablábamos de las noticias del día, de cualquier cosa sin importancia, o mejor aún, la Rosita recitaba un poema:


Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.


Y desde que me fui busco, y en ningún lado encuentro, algo que me de ese mismo sosiego, el del dormitorio de mis abuelos.

A donde quiera que yo mire, aunque viva lejos, aunque los años hayan pasado, algo me conecta siempre con usted: cuando me miro al espejo y descubro sus bellas arrugas en mi frente, cuando mi carácter es fuerte, a veces demasiado; cuando me caigo y me levanto, cuando llego cinco minutos antes a un encuentro, cuando comparto lo que tengo.

Esta Navidad la vida me dio una alegría, tarde pero aún a tiempo, cuando puede presentarle a mis hijos y ellos pudieron conocerle a usted. Joaquim y Sofia no llevan nuestros genes pero llevan su apellido, Ramia, porque usted me enseñó que lo que cuenta no es lo que uno trae al mundo sino lo que uno forja. Con qué valentía revirtió usted las angustias de ese comienzo tan duro. Yo me encargaré, y honraré así su memoria, de que ellos sean rectos, cumplidos, cabales, honestos, luchadores y prácticos, todo lo que más orgullo me da de ser su nieta. Y no les faltarán los dulces, los mimos, los apretones de cachetes que hasta ahora calientan mi corazón.


Mi Papillito, mi árbol de roble, mi gratitud hacia usted es infinita. Siempre lo recordaré lúcido, fuerte, un gigante hermoso como en esa foto con su gorra, las manos en la cintura, mirando al mar. No puedo estar en nuestros Andes ahora, esos que usted enumeraba de memoria, dándole un último adiós, pero me despido temporalmente, escuchando la canción que me recuerda a usted y mirando ese mar al que usted miraba, porque el océano, aunque sea otro, siempre es el mismo mar.


1 comentario:

Yvonne dijo...

Hermoso homenaje